Playful Steps Galería Alejandro Sales

De lo inmundo y otras figuras grotescas.

[Una nota provisional sobre la obra de José Cobo]

Fernando Castro Flórez.

“No hay esquema que prescriba la libertad como el “sentido” del mundo de los cuerpos, y tampoco hay figura que (re)presente este “sentido” en este mundo. De esta manera, no hay cuerpo, no hay organon del mundo –como tampoco podría haber dos “mundos” (plural, contradictorio). En esto es verdad que el mundo de los cuerpos es “inmundo”, ansiedad y llaga de los cuerpos que están tanto en la claridad del espaciamiento como en la implosión del agujero negro. El infinito gasto de algunos gramos, el estremecimiento del mundo creado, se inscribe y se escribe asimismo como un temblor de tierra: la dislocación es también el crujido de la gravedad tectónica, y la ruina de los lugares”1.

El arte conoce el vértigo de la abyección, donde la suciedad nombra una exterioridad irreductible en la que hay que ser capaz de caer para conseguir una superación del (maldito) yo2. José Cobo, un escultor de una coherencia e intensidad extraordinaria, ha situado su obra más allá de la escatología “decorativa” cuasi-hegemónica y, por supuesto, se aparta decididamente de la ideología de la “liberación del cuerpo” solidaria, inconscientemente, con la fecalización de los museos3. Las intenciones de José Cobo no son, en ningún sentido, provocar o asquear, ni siquiera pretende bucear para-psicoanalíticamente en el inconsciente. Lo que a él le interesa es la tensión visual y meditativa de la corporalidad a partir de la cual retoma ese enigma, que por lo menos desde la Esfinge, es el hombre. El cuerpo, lo sabemos, es la hostia. Hoc est enim corpus meum: el cuerpo de Dios está aquí, es lo presente y lo ausente por antonomasia. Tal y como Jean-Luc Nancy ha indicado, el cuerpo es la certidumbre confundida, hecha astillas. Nada más propio, nada más ajeno a nuestro viejo mundo. En esa corporalidad extrema (por ejemplo, en esa imagen del sagrado corazón) están unidas lo propio y lo extraño. “La angustia, el deseo de ver, de tocar y comer el cuerpo de Dios, de ser ese cuerpo y de no ser sino eso constituyen el principio de (sin)razón de Occidente. Por eso, el cuerpo, jamás tuvo ahí lugar, y menos que nunca cuando ahí se lo nombra y se le convoca. El cuerpo para nosotros es siempre sacrificado: hostia”4. Es cierto que el cuerpo es un producto tardío, una decantación de Occidente en la que aparece el rasgo, crucial, de la caída: es el último peso, vale decir, la gravedad. Pero también podríamos hablar del cuerpo como algo desastroso o, mejor, como nuestra angustia puesta al desnudo. Ahí se pierde pie. No tenemos ninguna duda de que la danza recorre obsesivamente esa piel plegada y replegada, tersa y excitada, ligada o desligada, los lugares de existencia, ese ser-arrojado que es el cuerpo. En tiempos de estética transbanal y de ironismo chapucero puede sonar intempestiva esa reivindicación de lo corporal que hace, con enorme intensidad y lucidez, José Cobo pero creo que más bien se trata de algo necesario. Cuando la intimidad ha desaparecido puede surgir un arte del cuidado de sí a partir de una singular extrañeza del cuerpo, algo semejante a lo que Lacan llamó extimité (extimidad), un proceso complejo en el que nos ponemos hondamente en relación con la Cosa5. José Cobo deja de los payasos tan sólo la parte inferior de las piernas, con sus anchos pantalones y zapatos enormes y los niños están, lisa y llanamente, hechizados por los teléfonos móviles. Extrañas presencias a las que se suman unos monos deformados, como restos de una arqueología indescriptible. Si, por un lado, se remite a lo lúdico, con los dibujos de la pista del circo, también da la sensación de que, en otro plano, hay una especie de desengaño, una visión ácida de lo que pasa. Los tiernos infantes están colocados en las paredes y el techo aumentándose la sensación de aislamiento, como si su afán de comunicar fuera completamente en balde. La radical dislocación la existencia no tiene que manifestarse únicamente como (im)pura excreción (algo que da asco) sino que puede ser una presencia inquietante, algo familiar que se torna extraño (un cuerpo fuera de sitio). Ecce Homo: el cuerpo es una llaga. Nuestra época está llena de cicatrices y tatuajes, aunque la mirada que si impone sea la del ojo sin párpado6. “Como en la Edad Media, la representación del cuerpo solamente parece tolerada si se presenta deshecho, fragmentado, desmembrado, o bien “repegado” o remontado según inauditos procedimientos”7. Y, sin embargo, los cuerpos de José Cobo, especialmente sus niños, son de una normalidad desconcertante. Es verdad que, como ya he dicho, están en posiciones tal que podrían precipitarse al suelo. La caída es lo activo, es el paso a otros niveles de sensación. “La mayoría de los autores –escribe Deleuze en su estudio sobre Francis Bacon- que se han enfrentado a este problema de la intensidad en la sensación parece haber encontrado esta misma respuesta: la diferencia de intensidad se experimenta en la caída”8. La tensión se experimenta en la caída, en el traspiés, en el movimiento más interior del clinamen, sin que aquí esté implícita la miseria, el fracaso o el sufrimiento. La caída es lo más vivo que hay en la sensación, aquello en lo que se sensación se experimenta como viviente: es el ritmo activo. José Cobo, con una sutileza admirable, hace que, alegóricamente, caigamos en la cuenta de que estamos todavía en una radical ignorancia con respecto a nosotros mismos; nos apresuramos y caemos, nos levantamos para, mecánicamente, seguir en contacto, aunque sea con nadie. ¿A quién llaman esos niños hipnotizados por los teléfonos móviles? John Berger ha observado que la mayoría de los miles de millones de llamadas de móvil que se producen cada hora en las ciudades y los pueblos de todo el mundo empiezan con una pregunta sobre el paradero del que llama. Los seres humanos necesitan inmediatamente saber dónde están. “Es como si la duda les acosara y les hiciera pensar que no están en ningún sitio. Están rodeados por tantas abstracciones que tienen que inventar y compartir sus propios puntos de referencia provisionales. Hace más de treinta años, Guy Debord escribió unas palabras proféticas: “... la acumulación de masa produjo mercancías para el espacio abstracto del mercado; del mismo modo que ha aplastado todas las barreras regionales y legales y todas las restricciones empresariales de la Edad Media que sostenían la calidad de la producción artesanal, también ha destruido la autonomía y la peculiaridad de los lugares”. La palabra clave del caos mundial es deslocalización, o relocalización, que no sólo hace referencia a la práctica de trasladar la producción al lugar en el que la mano de obra es más barata y las leyes son mínimas, sino que contiene la fantasía enloquecida del nuevo poder sobre lo que está fuera, el sueño de menoscabar la categoría y la confianza de todos los lugares establecidos para que el mundo entero se convierta en un mercado continuo. El consumidor es fundamentalmente alguien que se siente o se ve empujado a sentirse perdido si no está consumiendo. Las marcas y los logotipos son los toponímicos de Ninguna Parte”9. En cierta medida, el circo fragmentado de José Cobo es también un no lugar. Falta todo: las fieras, los trapecistas, las risas, incluso aquella melancolía que allí encontrara un terreno fértil. La presencia inquietante de las extremidades de los payasos no nos pone, ni mucho menos, en el camino de la diversión. Puede que estas figuraciones dislocadas sean una suerte de alegoría del propio arte contemporáneos: monerías, acrobacias, infantilismo. Y, sobre todo, incomunicación. Una vez más el retrato del artista en saltimbanqui10 funciona como un espejo que nos devuelve aquellas muecas inconscientes que finalmente enseñan lo que somos. En la galería Alejandro de Sales, José Cobo ha colocado a los niños narcolépsicos en una sala en una posición frontal. Parece que estuvieran en trance e incluso entregados a la oración. Cerca de ellos descansan los perros cortesanos, hermanos de aquellos rilkeanos que nos veían pasar “por un mundo interpretado”. Tengo la impresión de que los cuerpos grotescos y, al mismo tiempo, muy normales de José Cobo nos enseñan, sin consignas ni retórica tediosa, a comprender lo inmundo, esto es, nuestro destino.

1 - Jean-Luc Nancy: Corpus, Ed. Arena, Madrid, 2003, p. 79.

2 - “El excremento y sus equivalentes (putrefacción, infección, enfermedad, cadáver, etc.) representan el peligro provimiente del exterior de la identidad; el yo (moi) amenazado por el no-yo (moi), la sociedad amenazada por su afuera, la vida por la muerte” (Julia Kristeva: Poderes de la perversión, Ed. Siglo XXI, México, 1988, p. 96).

3 - Cfr. Jean Clair: De immundo, Ed. Arena, Madrid, 2007, p. 37.

4 - Jean Luc Nancy: Corpus, Ed. Arena, Madrid, 2003, p. 9.

5 - “El problema consiste en que, al “circular alrededor de sí mismo” como su propio sol, ese sujeto autónomo encuentra en sí algo que es “más que él mismo”, un cuerpo extraño que está en su mismo centro. A esto apunta el neologismo lacaniano extimité, extimidad, la designación de un extraño que está en medio de la intimidad. Precisamente por dar vueltas alrededor de sí mismo, el sujeto circula en torno a algo que es “en él mismo más que él mismo”, el núcleo traumático del goce que Lacan nombra con las palabras alemanas Das Ding (La Cosa)” (Slavoj Zizek: Mirando al sesgo. Una introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2000, p. 276).

6 - ““Ojo sin párpado agotado de ver y de ser visto”: es lo que dice Marcel Hénaff de nuestro cuerpo occidental llegando al término de un programa primeramente trazado por Sade. Porno-grafía: el desnudo grabado de estigmas de la llaga, heridas, fisuras, chancros del trabajo, del ocio, de la tontería, de las humillaciones, de alimentos sucios, de golpes, de temores, sin apósitos, sin cicatrices, llaga que no se cierra” (Jean-Luc Nancy: Corpus, Ed. Arena, Madrid, 2003, p. 63).

7 - Jean Clair: Elogio de lo visible, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1999, p. 211.

8 - Gilles Deleuze: Francis Bacon. Lógica de la sensación, Ed. Arena, 2003, p. 84.

9 - John Berger. “Diez notas sobre “el lugar”” en Babelia. EL PAÍS, 16 de Julio de 2005, p. 16.

10 - Cfr. Jean Starobinski: Portrait de l'artiste en saltimbanque, Ed. Flammarion, París, 1970, p. 108.