El Optimismo Antropológico de José Cobo

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Asediados por una energía en continua expansión, tal y como dicen los científicos que continua el universo. Pero este asedio es optimista, siempre creativo, en la redundancia de su proceder en el secreto en el que se gesta el mundo. Así entramos en  relación con las esculturas de José Cobo.

Ni inverosímil ni recóndita, la mágica economía de este universo no pierde ni un gramo, ni un quasar, todo lo aprovecha y deviene en futuro. Está encarnada en unas figuras que se presentan volátiles, porque sólo la liviandad de una vida que se asoma a la vida pesa en sus hombros.

Ancho como la infancia, el mundo no tiene límites, aunque estos infantes suban y bajen paredes, o se detengan, ni extraños ni familiares, ante matrices de animales que, quizá sí, quizá no, tengan que fabricar cuando adultos.

El escenario enuncia, mecánico y dinámico, un gira-gira, un orden impuesto -para el aprendizaje, para el juego, para el desarrollo- que acaso no será fiel a su futuro. Por alguna ventana que no existe en la galería, por alguna pared que quizá se desvanezca, puede que surja la salida hacia el espacio, porque estos bien nutridos infantes son inapelables, como un ave que busca el aire.

Las figuras infantiles son querencias del artista. Con ellas comparte, compartimos biología. Animales, infantes, perros o gatos están, sin embargo, exentos de la carga de la razón: su apetito sólo es puro instinto de vida, sólo voluntad, irrevocable y descontrolada de vivir, “revoluciones tempranas”.

Los protagonistas de esta exposición ejecutan en la sala parte de su repertorio de asombros, tal es un no parar ni por qué ni para qué se sabe. Sólo se detecta un verdadero sprint vital hacia el propio desarrollo. El artista, testigo privilegiado de esta feliz y alocada carrera del crecimiento y hacia el futuro es el notario de esta realidad. Da su palabra de este acontecimiento universal, imparable y eterno.

Junto a las ideas de que la escultura, el arte se producen para establecer un vínculo, un compromiso o una emoción, sobresale el hecho de que la obra de José Cobo es certera. Sus figuras no dudan ni permiten hacerlo. Su exactitud no es molesta ni su liviandad se torna ligereza. Su obra es social sin renunciar a la belleza. Es optimista sin prescindir de la crítica. Cuestiona y no excluye y está, además, teñida de planteamientos sociales. Más que producir figuras, concreta acciones, comunica pensamientos o expone análisis que viajan hacia nosotros en un tranvía llamado conciencia.

Aunque salidos de la probeta de su optimismo, sus seres resultan fiables y su actitud, convincente. Las fuerzas sociales, económicas o genéticas aún no parecen rozar estas vidas en proceso.

Pero vida, cultura y modos sociales se encauzan desde la infancia. Las matrices son anteriores al niño y permanecerán cuando el adulto no esté. Los juegos, mas  que lúdicos, son eminentemente formativos. Se juega para aprender, se aprende para producir, se produce para reproducir.

El homo industrial podría resultar en otra lectura de estas obras, pero preferimos quedarnos en el recoleto laboratorio de José Cobo, en su búsqueda de una pequeña, pero inmensa audiencia y en su modo de integrar la sensación, el contacto visual y la forma en que teatraliza –exposición-instalación- su antropología.

Este escultor halla, mediante la comunicación, la participación activa del espectador en la configuración de las obras. Promueve la relación del espectador con su modelo educacional. No hace de su escultura un becerro de oro, sino que acorta distancias entre ésta y el público, la convierte en instrumento útil para enfrentar el análisis, en este caso, del desarrollo desde la infancia. Busca renovarse con las energías periféricas. Y en esa energía, que no es periferia, vibra toda su obra escultórica.

El arte, como el lenguaje, no sólo da forma a lo real sino que puede cambiarlo. Hoy, que es tan necesario fomentar nuevas relaciones de deseo, establecer transferencias con personas, objetos o sistemas simbólicos que permitan un intercambio capaz de mejorar el mundo en el que vivimos, hemos de permitir que el arte ocupe otros lugares y que, a veces, sea un mediador cálido, crítico o, incluso, doloroso. Este artista no pretende teorías, trabaja para sus propias ideas y es inmune a los eufemismos: al hombre llama niño y también al perro llama ser vivo. Y a todos los convoca a vivir. Qué fuimos, qué somos, qué construiremos y en qué nos convertiremos. A jugar, que esto va en serio.

Marián Bárcena, 2005